Parafraseando a Martin Luther King, “hoy he tenido un sueño”, un sueño profundo, un gran sueño, largo, hermoso y tranquilizador, un sueño como hacía muchos años no tenía, inspirador, relajante y tan tranquilizador que me ha sosegado el alma.
Supongo que fue producido por el cansancio acumulado en mucho tiempo, por la compañía compartida y disfrutada momentos antes, la modorra de un desayuno-comida, e incluso por la pequeña gran resaca producto de la ingestión de una botella de vino enterita y un par de cervezas (quiero dar mis agradecimientos por la noche compartida y la invitación de la cena, a veces se me va la cabeza me marcho sin mas y me convierto en un maleducado desagradecido).
Yo realizaba un paseo nocturno por un sendero zigzagueante, el paisaje era impresionante, a mi izquierda se situaba un intenso y espeso bosque, a mi derecha un largo prado poblado completamente por millones de flores de todas las clases, aromas y colores, centelleaban con brillos luminiscentes gracias al reflejo intenso proporcionado por la luz de la luna llena, la mas blanca y grande que jamás hubiera imaginado y por un sinfín de pequeñas estrellas, al otro lado del prado se podía divisar el espectáculo de un mar intenso, agitado y lleno de vida.
Según caminaba por el largo sendero, mi cuerpo cambiaba de apariencia, seguía teniendo forma humana, pero mis dimensiones se reducían, paso a paso menguaba de tal forma que al final mi tamaño era el de un duende, nomo o algún que otro ser de similares características.
Caminaba y caminaba sin descanso, no notaba fatiga alguna, cuando a lo lejos, al final del sendero divisé una explanada de hierva, llegué a ella y comprobé que la explanada en su entorno terminaba en un acantilado que se adentraba en el mar, haciendo que el lugar fuera un estupendo mirador, el lugar ideal para disfrutar de la naturaleza, las olas rompían enérgicamente contra las piedras de la orilla invitando a sentarse y relajarse mirando su ir y venir hipnótico.
Cada segundo que pasaba la paz se hacía mas intensa y a mi entorno se encendían pequeñas lucecillas tintineantes, en un principio eran un par, y con cada golpe de las olas se despertaban más y más de esas lucecillas hasta llegar a estar totalmente rodeado.
Una brisa suave y calida acarició de repente mi cara, traía sonidos de mas allá del horizonte, sonidos plácidos, armónicos, melodías que juraría eran producidas por un grupo de sirenas encandilando y enamorando a los marineros. La brisa levantaba del suelo las lucecillas que ahora revolotearan a mi alrededor en círculos, como si las estrellas estuvieran manteniendo un baile armónico, quien sabe lo que eran esas lucecillas, tal vez fueran luciérnagas, pero yo prefería pensar que en consonancia con el resto del paisaje se trataban de hadas jugueteando entorno a mi, por un momento yo y la naturaleza éramos una misma cosa, una sola e indivisible, en una armonía perfecta, todo de repente tenía un sentido, una lógica, un porque, había sido galardonado con una visita al reino mágico y fantástico del Rey Oberon.